martes, 20 de enero de 2026

El deleite de lo insustancial

Estaba releyendo la última entrada al blog y me preguntaba cómo había podido pasar tanto tiempo desde la última vez que escribí. Quizá me lo había tomado demasiado al pie de la letra eso de entrar en “modo avión”, pero me temo que no he sabido hacer tan bien los deberes y me he vuelto a subir en la rueda del hámster con pases ilimitados y a toda velocidad.

A veces, cuando tengo la cabeza llena de cosas (preocupaciones, tareas, ideas…) me imagino animalizada ese pequeño, peludo y simpático roedor. Con los mofletes llenos de pipas y las patitas dándole a la rueda, como si se me esfumara el tiempo, como si se me escapara la vida. Pero… ¿Cómo se va escapar la vida si estoy pedaleando dentro de una jaula? ¿No sería más interesante si me escapara yo?

Confieso que en este tiempo he intentado hacer esas cosas que la gente hace para liberar cortisol y calmar la mente, pero no creáis que empecé por cosas complicadas. Descarté lo de alinear mis chacras, probar la reflexología, acudir a hacer acupuntura en la oreja o la sanación con luces y cristales. Me pareció demasiado snob y caro. Parece mentira como se ha puesto de moda el mundo espiritual y la cantidad de pasta que mueve, así que decidí hacerlo en casa. No podía ser tan complicado.

Meditar, cantar un mantra, tomar té verde, aspirar fuego o hablar en la lengua de mi profe de yoga, debería estar al alcance de todos, así como ir al gimnasio, aprender a cocinar platos asiáticos o hacer una vajilla de cerámica terapéutica, pero en seguida me di cuenta dónde radicaba el problema. Por más que yo me esforzara en hacer cosas productivamente relajantes, debía poner el foco en otra cosa: El deleite de lo insustancial.

El deleite de lo insustancial es esa capacidad de encontrar el placer profundo en lo que parece trivial, banal o sin importancia aparente. Es casi un acto de resistencia en un mundo obsesionado con lo productivo, lo grande y lo trascendente.

Ayer, por ejemplo, pasé 20 minutos mirando como una paloma picoteaba migas en la terraza, sin moverme, solo observando como inclinaba la cabeza como si estuviera pensando algo importante. Ahí donde las veis, siempre he pensado que las palomas son animales de altas capacidades intelectuales. ¿Cómo sino iban a volar a toda velocidad y en el momento exacto en el que piensas que van a estamparse contra tu cara, hacen un cambio de nivel y esquivan tu cabeza dejando millones de ácaros y bacterias en tu pelo? Dicen que los pájaros siempre tienen un mensaje y cualquiera puede ser un maestro, pero en este caso prefiero ser alumna, por lo que pueda pasar.

Después me quedé quieta 10 minutos contemplando cómo el polvo flotaba en un rayo de sol que entraba por la persiana entreabierta, como si fueran planetas diminutos en su propia galaxia. Fue ahí cuando me di cuenta de que el tiempo parecía más lento y más mío y, no sé cómo, sentí una paz ridícula.

Te animo a cometer un delito menor hoy: perder el tiempo a propósito. Mira el techo 10 minutos, háblale a una planta, observa como tu perro, gato o hámster interior mira al vacío con cara de sabio. Olvídate de publicar una historia en Instagram o ver qué baile está de moda en TikTok. Baja el volumen de esa tertulia de la radio y mete la agenda en la mochila. Cuenta las motas de polvo que bailan en la luz, dibuja garabatos en un papel o pon caras ridículas en el espejo y observa entonces cómo, en esa nada, aparece un deleite inmenso. 

Deja de sentirte culpable por no hacer nada y permite que el mundo siga girando sin ti y quizás, al volver, te des cuenta de que lo insustancial no era tan pequeño después de todo, sino que tal vez sea lo único que de verdad nos sostiene.



1 comentario:

  1. Es que ha llegado un momento en que hemos convertido el aburrimiento en un delito. Nos hemos suscrito a la velocidad constante. Y es una lástima, en realidad es una lástima, porque la verdadera dimensión del tiempo, cuando sales de TikTok, cuando sales de las redes sociales, ya no sabemos apreciarla. Es como salir de una lavadora con el centrifugado al máximo y entrar en un río con sus corrientes ligeras: ya no sabes cómo leerlo, cómo habitarlo, como nadar.

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